Cuando el estrés te afecta de repente al estómago
Antes de un examen te dan náuseas. En momentos de estrés, de repente tu digestión se vuelve loca. Y cuando tu estómago no te responde durante días, a menudo también te sientes menos resistente emocionalmente. ¿Es casualidad? No del todo. Existe una estrecha conexión entre tu intestino y tu cerebro: el llamado «eje intestino-cerebro». Este se encarga de que ambos órganos intercambien información las 24 horas del día.
1. ¿Por qué el estómago y el cerebro se comunican constantemente?
El intestino y el cerebro están mucho más conectados de lo que se creía hasta hace poco. De hecho, se comunican sin parar, y en ambos sentidos. La conexión más importante es el nervio vago. Funciona como una autopista de datos entre la cabeza y el estómago y transmite información constantemente. No solo el cerebro envía señales al intestino, sino que también el intestino informa al cerebro de cómo se encuentra. Esto explica por qué el estrés psicológico puede afectar a la digestión, pero también por qué las molestias intestinales pueden repercutir en nuestro bienestar.
2. Tu intestino es más que un simple órgano digestivo
Cuando se habla del intestino, a la mayoría de la gente lo primero que le viene a la mente es la digestión. Sin embargo, en realidad desempeña muchas más funciones. En su pared intestinal hay un sistema nervioso propio con unos 100 millones de neuronas: el llamado sistema nervioso entérico. Debido a su complejidad, a menudo se le conoce como el «cerebro del vientre». Este sistema nervioso controla muchos procesos digestivos de forma autónoma y, al mismo tiempo, está en estrecho contacto con el cerebro. Por eso no es de extrañar que muchas emociones se noten, literalmente, en el vientre. El nerviosismo, la tensión o el miedo pueden alterar la digestión, del mismo modo que las molestias digestivas persistentes pueden influir en tu estado de ánimo.
Por qué tu intestino puede influir en tu estado de ánimo
Durante mucho tiempo se pensó que nuestros pensamientos y emociones surgían exclusivamente en el cerebro. Hoy en día sabemos que el intestino también juega un papel importante en ello. Sobre todo, la microbiota y el sistema inmunológico contribuyen a que el estómago y la cabeza estén tan estrechamente conectados.
1. Tu microbioma influye en importantes sustancias mensajeras
En tu intestino viven billones de microorganismos; juntos forman lo que se conoce como microbioma o flora intestinal. Estos pequeños compañeros no solo te ayudan con la digestión, sino que también producen e influyen en diversas sustancias mensajeras que participan en la comunicación entre el intestino y el cerebro. Entre ellas se encuentran, entre otras, sustancias que influyen en nuestro estado de ánimo, el sueño o la forma de afrontar el estrés. Si el microbioma está en equilibrio, la comunicación entre el intestino y el cerebro puede funcionar sin problemas. Sin embargo, si la flora intestinal se desequilibra —por ejemplo, debido a una alimentación poco variada, a los antibióticos o al estrés prolongado—, esto también puede afectar a nuestro bienestar.
2. El sistema inmunitario también juega un papel importante
Gran parte de nuestro sistema inmunitario se encuentra en el intestino. Aquí es donde el cuerpo decide a diario qué sustancias son inofensivas y cuáles hay que combatir. Al mismo tiempo, una barrera intestinal sana ayuda a mantener las sustancias no deseadas dentro del intestino. Si este delicado equilibrio se rompe, pueden generarse más sustancias mensajeras inflamatorias. Los investigadores creen que estas sustancias también pueden influir en la comunicación entre el intestino y el cerebro. Por eso, hoy en día los científicos no solo ven el eje intestino-cerebro como una conexión entre dos órganos, sino como una interacción compleja entre el sistema nervioso, el microbioma, el sistema inmunológico y las hormonas.
Qué desequilibra el eje intestino-cerebro
El eje intestino-cerebro funciona las 24 horas del día. Sin embargo, para que la comunicación entre el intestino y el cerebro funcione sin problemas, deben encajar muchos procesos entre sí. Hay varios factores que pueden alterar este delicado equilibrio, a menudo de forma gradual y a lo largo de un periodo prolongado.
1. El estrés crónico no solo afecta a la mente
El estrés forma parte de la vida. A corto plazo, tampoco supone ningún problema. Sin embargo, si la tensión se prolonga durante semanas o meses, puede afectar a todo el cuerpo, incluido el intestino. Cuando estás estresado, el cuerpo libera más hormonas como el cortisol. Al mismo tiempo, cambia la actividad del nervio vago, los movimientos intestinales pueden ralentizarse o acelerarse y la digestión se desequilibra más fácilmente. Esto puede provocar molestias muy diversas. Algunas personas sufren dolores abdominales, otras, hinchazón, diarrea o estreñimiento. El eje intestino-cerebro juega un papel especialmente importante en el síndrome del intestino irritable. A esto se suma un círculo vicioso que muchas personas afectadas conocen bien: las molestias intestinales provocan estrés, y el estrés, a su vez, agrava las molestias.
2. La alimentación, el sueño y el ejercicio marcan la diferencia
No solo el estrés influye en el eje intestino-cerebro. Nuestros hábitos diarios también juegan un papel importante. Una dieta variada y rica en fibra aporta nutrientes esenciales a las bacterias intestinales. Por el contrario, una dieta muy poco variada o con muchos alimentos altamente procesados puede alterar el equilibrio del microbioma. La falta de sueño también puede afectar al eje intestino-cerebro. Quien duerme poco de forma habitual no solo suele tener menos energía, sino también una digestión más sensible. El ejercicio regular también tiene un efecto positivo en el intestino. Incluso un paseo diario puede estimular el movimiento intestinal y, al mismo tiempo, ayudar a reducir el estrés: dos factores que, a su vez, pueden influir positivamente en el eje intestino-cerebro. Así que, a menudo, no se trata de un único desencadenante, sino de varios factores relacionados con el estilo de vida que, juntos, influyen en la conexión entre el estómago y la mente.
Así fortaleces tu eje intestino-cerebro en el día a día
La buena noticia: no tienes que cambiar por completo tu rutina diaria para cuidar tu eje intestino-cerebro. A menudo, basta con pequeños hábitos que, a largo plazo, pueden marcar la diferencia.
1. Alimenta tu flora intestinal
Una flora intestinal variada se considera una base importante para que el eje intestino-cerebro funcione correctamente. Los alimentos especialmente ricos en fibra, como las verduras, la fruta, los productos integrales, las legumbres o los frutos secos, sirven de alimento a muchas bacterias intestinales beneficiosas. También los alimentos fermentados, como el yogur natural, el kéfir, el chucrut o el kimchi, pueden complementar de forma útil una dieta variada.
Lo decisivo no es tanto un único «superalimento», sino una alimentación lo más variada y equilibrada posible.
2. Dale descansos regulares a tu sistema nervioso
No solo tu intestino necesita descansar, sino también tu sistema nervioso. Las pausas conscientes en el día a día pueden ayudar a activar el nervio vago y a sacar al cuerpo del estrés crónico. A mucha gente, por ejemplo, le resulta beneficiosa la respiración abdominal lenta, la meditación, el yoga o los paseos por la naturaleza. Dormir lo suficiente y tener periodos de descanso regulares también ayudan a mantener el equilibrio en la comunicación entre el intestino y el cerebro. Si quieres reforzar tu rutina de relajación de forma natural, a menudo se recurre a plantas medicinales tradicionales como la melisa, la pasiflora o la lavanda.










