¿Cuándo se convierte el miedo en un trastorno de ansiedad?
La ansiedad es, en un primer momento, una reacción de defensa totalmente normal. Nos ayuda a detectar los peligros a tiempo y a reaccionar rápido. Solo se convierte en un problema cuando se vuelve desproporcionadamente intensa, aparece sin motivo claro o empieza a limitar cada vez más tu día a día.
1. La ansiedad es, en un principio, una reacción de protección normal
Las palpitaciones antes de un examen importante, esa sensación de inquietud al pasar por una calle oscura o el nerviosismo ante una conversación difícil: la ansiedad puede ser desagradable, pero cumple una función importante. Nos mantiene alerta y prepara al cuerpo para reaccionar rápidamente ante un posible peligro. En muy poco tiempo, el organismo entra en estado de alerta. El ritmo cardíaco puede acelerarse, la respiración cambia y los músculos se tensan. Al mismo tiempo, la atención se centra más en posibles peligros. Lo que a veces parece molesto en el día a día era, desde un punto de vista evolutivo, vital para la supervivencia. Normalmente, esta reacción se va calmando en cuanto pasa el peligro. Ahí es precisamente donde está la diferencia clave con un trastorno de ansiedad. En las personas afectadas, el sistema de alarma interno puede activarse incluso cuando, objetivamente, no existe ningún peligro inmediato o la reacción es mucho más intensa de lo que cabría esperar dada la situación. Sin embargo, eso no significa que el miedo que sientes sea «imaginario». La reacción física y emocional es real. El cerebro simplemente valora una situación como más amenazante de lo que realmente es.
2. Cuando el miedo empieza a dominar tu día a día
Un trastorno de ansiedad no se define solo por la intensidad con la que se siente el miedo. Igual de importante es preguntarse cómo afecta ese miedo a tu vida. Al principio, los cambios pueden pasar desapercibidos. Quizá evites un metro lleno porque allí ya has sentido mucha ansiedad alguna vez. Prefieres cancelar una charla porque la idea de hablar delante de otros te parece casi insoportable. O te pasas el rato comprobando tus síntomas físicos porque te preocupa estar gravemente enfermo. A corto plazo, evitar esas situaciones puede darte un respiro. Pero a largo plazo, la ansiedad puede ir ganando cada vez más terreno. De una sola situación evitada pasan a ser varias; las actividades hay que planificarlas cada vez con más antelación y algunas personas ya se preocupan de antemano por dónde podría surgir la próxima situación que les provoque miedo. Por eso, un trastorno de ansiedad puede ir mucho más allá de momentos aislados de miedo. Puede afectar al trabajo, a las relaciones, al tiempo libre y a la autonomía. Algunas personas, en algún momento, dejan de organizar su día a día en función de lo que les gustaría hacer, para centrarse en dónde es posible no sentir miedo.
3. ¿Qué tipos de trastornos de ansiedad hay?
«Trastorno de ansiedad» es un término genérico que engloba diversas enfermedades. Se diferencian, entre otras cosas, por lo que desencadena la ansiedad y cómo se manifiesta en el día a día.
En el trastorno de ansiedad generalizada, lo que predomina son las preocupaciones constantes y difíciles de controlar. Las personas afectadas suelen darle vueltas a diferentes aspectos de la vida —como la salud, la familia, el trabajo o la seguridad económica— y les cuesta mucho dejar de preocuparse.
En el trastorno de pánico, en cambio, se producen ataques de pánico recurrentes. La ansiedad alcanza una intensidad muy alta en poco tiempo y puede ir acompañada de molestias físicas pronunciadas. A menudo, además, surge la preocupación por cuándo podría producirse el próximo ataque.
El trastorno de ansiedad social afecta sobre todo a situaciones en las que las personas temen que los demás las observen, las juzguen o las rechacen. En las fobias específicas, en cambio, la ansiedad se centra en cosas o situaciones concretas, como las arañas, las alturas o volar. En la agorafobia, lo que más preocupa son las situaciones en las que escapar podría parecer difícil o en las que, en caso de emergencia, quizá no haya ayuda disponible de inmediato.
¿Cómo se siente uno cuando tiene un trastorno de ansiedad?
La ansiedad no solo se vive en la cabeza. Puede poner todo el cuerpo en estado de alerta, dominar tus pensamientos y, al final, incluso cambiar tu comportamiento. Los síntomas más destacados dependen, entre otras cosas, del tipo de trastorno de ansiedad que tengas.
1. Cuando el cuerpo entra en estado de alerta
De repente, el corazón late más rápido, las manos empiezan a temblar o la respiración se siente inusualmente entrecortada. Algunas personas sienten mareos, náuseas o una sensación de opresión en el pecho. Justo cuando estos síntomas aparecen de forma inesperada, pueden generar aún más inseguridad y, por lo tanto, intensificar aún más la ansiedad. En un primer momento, detrás de estas reacciones físicas hay un mecanismo que tiene su razón de ser. Cuando el cerebro percibe un posible peligro, prepara al cuerpo para que pueda reaccionar rápidamente. El ritmo cardíaco y la respiración pueden acelerarse, la musculatura se tensa y la atención se centra más en posibles amenazas. Sin embargo, en un trastorno de ansiedad, esta reacción de alarma puede producirse aunque no exista ningún peligro externo real. Por eso, las sensaciones físicas son reales de todos modos. Especialmente en un ataque de pánico, pueden llegar a ser tan intensas que las personas afectadas temen, por ejemplo, perder el control, desmayarse o sufrir un infarto. Los síntomas físicos que aparecen varían de una persona a otra. Además de taquicardia, temblores, sudoración y dificultades para respirar, también pueden aparecer mareos, dolores de cabeza, tensión muscular o molestias gastrointestinales. Algunas personas afectadas perciben sobre todo los síntomas físicos y, al principio, ni siquiera se dan cuenta de que detrás podría haber ansiedad. Al mismo tiempo, no hay que atribuir precipitadamente los síntomas físicos nuevos o pronunciados a un trastorno de ansiedad. Precisamente síntomas como el dolor en el pecho o la dificultad para respirar pueden tener otras causas y deben ser evaluados médicamente como corresponda.
2. Cuando los «y si…» y la ansiedad dominan tus pensamientos
No todos los trastornos de ansiedad se manifiestan con ataques de pánico repentinos. En algunas personas, la ansiedad se desarrolla de forma mucho más sutil. Los pensamientos dan vueltas una y otra vez en torno a la pregunta de qué podría pasar: ¿Y si me pongo enfermo? ¿Y si algo sale mal en el trabajo? ¿Y si le pasa algo a mi familia? Preocuparse de vez en cuando es totalmente normal. Sin embargo, en un trastorno de ansiedad, las preocupaciones pueden volverse tan frecuentes e intensas que cuesta mucho deshacerse de ellas. Aunque las personas afectadas sepan racionalmente que sus temores son poco probables, no pueden simplemente desconectar esa sensación de amenaza. Dependiendo del tipo de trastorno de ansiedad, los pensamientos pueden variar mucho. En un trastorno de ansiedad generalizada, suelen predominar las preocupaciones persistentes sobre diferentes aspectos de la vida. En el trastorno de ansiedad social, los pensamientos suelen girar en torno a hacer el ridículo, llamar la atención de forma negativa o ser juzgado por los demás. Tras un ataque de pánico, por su parte, puede desarrollarse un miedo intenso a sufrir otro ataque. Esta constante alerta interior puede resultar muy agotadora a la larga. Si te pasas el rato imaginando posibles peligros una y otra vez, a menudo te cuesta mucho encontrar la paz. La concentración y el sueño pueden verse afectados, e incluso las situaciones que en realidad deberían ser relajantes vienen acompañadas cada vez más de preocupaciones.
3. Cuando evitar algo ayuda a corto plazo, pero se convierte en un problema a largo plazo
Si tienes miedo de una situación concreta, a menudo intentas evitarla de forma totalmente automática. Al principio, es comprensible: si no te subes a un metro abarrotado, tampoco tendrás que sufrir allí el ataque de pánico que temes. Si rechazas una invitación, no tendrás que enfrentarte al miedo a que los demás te juzguen. Y, de hecho, esta estrategia funciona a corto plazo. En cuanto evitas la situación que te provoca miedo, la tensión se alivia. Sin embargo, es precisamente ese alivio el que puede contribuir a que el miedo se afiance a largo plazo. Y es que, al evitarla, te pierdes una experiencia importante: que la situación que tanto temes puede que se pueda superar y que el miedo también acaba desapareciendo. En cambio, puede reforzarse la convicción de que la situación era realmente peligrosa y que solo gracias a que la evitaste no pasó nada. Con el tiempo, este patrón puede extenderse. Al principio quizá solo evites un trayecto concreto en tren; más adelante, todo el transporte público. El miedo a una única situación social puede llevar a que te retires cada vez más de las reuniones. Tu día a día se va orientando cada vez más hacia aquellas situaciones que te parecen lo más seguras posible. Precisamente por eso, el comportamiento de evitación juega un papel importante en muchos trastornos de ansiedad. Al mismo tiempo, explica por qué ciertos métodos psicoterapéuticos no se centran exclusivamente en hacer que la ansiedad desaparezca lo antes posible. En cambio, también se trata de volver a vivir nuevas experiencias en situaciones que hasta ahora se habían evitado por miedo.
¿Por qué surgen los trastornos de ansiedad?
El hecho de que algunas personas desarrollen un trastorno de ansiedad y otras no no suele deberse a una sola causa. Más bien se trata de una combinación de diferentes factores. Además de una cierta predisposición, las experiencias personales, los patrones de comportamiento aprendidos y el estrés prolongado pueden influir en la sensibilidad con la que tu propio sistema de alarma reacciona ante posibles peligros.
1. Por qué casi nunca hay una única causa
Cuando padeces un trastorno de ansiedad, a menudo buscas una explicación concreta. ¿Fue una etapa de tu vida especialmente estresante? ¿Es algo que viene de familia? ¿O fue una experiencia concreta la que desencadenó la ansiedad? En muchos casos, no hay una respuesta clara. Hoy en día se cree más bien que los trastornos de ansiedad pueden surgir por la interacción de varios factores. Entre ellos se incluyen, entre otros, influencias genéticas, experiencias de aprendizaje individuales, la forma personal de procesar el estrés y los mecanismos biológicos de regulación de la ansiedad. También ciertos rasgos de personalidad pueden contribuir a que una persona reaccione con mayor sensibilidad ante la incertidumbre o posibles peligros. Una predisposición familiar no significa que un trastorno de ansiedad se herede necesariamente. Más bien puede existir una cierta susceptibilidad a la que se suman otros factores. Por eso, dos personas pueden vivir la misma situación estresante y reaccionar de forma totalmente diferente. La explicación tan habitual de un simple «desequilibrio de neurotransmisores» tampoco da la respuesta completa. Es cierto que neurotransmisores como la serotonina intervienen en procesos que influyen en el estado de ánimo y la ansiedad. Sin embargo, la aparición de un trastorno de ansiedad no se puede reducir a un solo neurotransmisor.
2. El papel que pueden desempeñar las experiencias estresantes
A veces, el inicio de la ansiedad se puede relacionar claramente con una experiencia traumática. Por ejemplo, un accidente puede hacer que, a partir de entonces, conducir te provoque mucha ansiedad. Tras una enfermedad grave, la preocupación por tu propia salud puede intensificarse. Las pérdidas, la violencia u otras experiencias traumáticas también pueden alterar a largo plazo tu sensación de seguridad. El cerebro tiene la capacidad de aprender de este tipo de experiencias. Si una situación se asocia con mucha ansiedad o peligro, más adelante situaciones similares pueden provocar una reacción de alarma. Y eso sin que el peligro original tenga que estar presente. Ciertos lugares, sensaciones corporales o pensamientos pueden bastar para reactivar la ansiedad aprendida.
Pero no todos los trastornos de ansiedad tienen su origen en un trauma. En algunas personas, la enfermedad se desarrolla de forma gradual y sin un único suceso que se pueda identificar claramente como causa. También pueden influir muchas pequeñas tensiones o ciertas experiencias de aprendizaje. Por eso, lo importante no es tanto si hubo o no una experiencia concreta. Se trata más bien de entender qué experiencias han marcado tu propia percepción del peligro y qué reacciones contribuyen hoy a que la ansiedad persista.
3. Por qué el estrés prolongado puede aumentar la ansiedad
Una etapa laboral exigente, conflictos familiares, preocupaciones económicas o una falta crónica de descanso pueden hacer que el cuerpo y la mente se mantengan tensos durante mucho tiempo. Normalmente, las fases de activación se alternan con momentos en los que el organismo puede recuperarse. Si faltan estas fases de descanso, la tensión interna puede hacerse cada vez más notoria. Esto también puede influir en la intensidad con la que se perciben los miedos. Si ya estás agotado y tenso, es posible que reacciones con mayor sensibilidad a los cambios físicos o a los pensamientos angustiosos. Al mismo tiempo, pueden aparecer problemas para dormir, dificultades para concentrarte e inquietud interior, molestias que, a su vez, pueden generar más inseguridad. Sin embargo, el estrés por sí solo no significa que vaya a aparecer necesariamente un trastorno de ansiedad. Más bien puede ser uno de varios factores que, si tienes cierta predisposición, contribuyen a que surja o se mantenga la ansiedad.
¿Cómo se tratan los trastornos de ansiedad?
Por lo general, los trastornos de ansiedad se tratan bien. La terapia más adecuada depende, entre otras cosas, del tipo de trastorno de ansiedad, su gravedad y tu situación personal. La psicoterapia juega un papel importante. Dependiendo de los síntomas, también se pueden usar medicamentos y complementarlos con medidas de apoyo en el día a día.
1. ¿Por qué la psicoterapia puede ayudar con los trastornos de ansiedad?
Muchas personas afectadas saben, en realidad, que su ansiedad es desproporcionadamente intensa en determinadas situaciones. Sin embargo, esta conciencia por sí sola no suele bastar para cambiar la ansiedad. Al fin y al cabo, no surge solo a nivel racional. Los pensamientos, las reacciones físicas y los patrones de comportamiento aprendidos se entrelazan y pueden reforzarse mutuamente. La psicoterapia se centra precisamente en estas interrelaciones. En el caso de los trastornos de ansiedad, la terapia cognitivo-conductual está especialmente bien estudiada. En ella, las personas afectadas aprenden primero a entender mejor sus reacciones de ansiedad: ¿qué situaciones desencadenan la ansiedad? ¿Qué pensamientos surgen en esos momentos? ¿Cómo reacciona el cuerpo? ¿Y qué puedo hacer para que la ansiedad desaparezca lo antes posible? Por ejemplo, se pueden analizar más a fondo pensamientos como «No puedo soportarlo» o «Seguro que ahora mismo va a pasar algo malo». El objetivo no es simplemente convencerte de que todo va a salir bien. Se trata más bien de reconocer las valoraciones automáticas, revisarlas y desarrollar una forma diferente de lidiar con ellas. Tu propio comportamiento es igual de importante. Como ya se ha descrito, evitar la situación puede proporcionar alivio a corto plazo, pero a la larga sigue alimentando la ansiedad. Por eso, la terapia suele centrarse en aprender a afrontar de nuevo, paso a paso, las situaciones que hasta ahora se han evitado. La psicoterapia no pretende, por tanto, simplemente «eliminar» la ansiedad. Más bien, las personas afectadas aprenden a comprender mejor sus reacciones, a gestionar la ansiedad de otra manera y a recuperar poco a poco más libertad de acción.
2. Por qué enfrentarse al miedo puede formar parte de la terapia
Enfrentarte precisamente a una situación que te da mucho miedo puede parecer contradictorio al principio. Sin embargo, en varios trastornos de ansiedad, la llamada «exposición» o «confrontación» es una parte importante de la terapia cognitivo-conductual. La idea que hay detrás se entiende mejor si pensamos en el círculo vicioso de la evitación. Quien evita una y otra vez una situación que le provoca miedo siente alivio a corto plazo. Pero, al mismo tiempo, se pierden experiencias que podrían cambiar la forma en que has valorado la situación hasta ahora. Por eso, en una exposición guiada por un profesional, las personas afectadas se enfrentan de forma específica a situaciones o estímulos que les provocan miedo. Así pueden descubrir que el miedo se puede soportar y que, a menudo, las consecuencias que temían no llegan a producirse. Con el tiempo, esto puede dar lugar a nuevas experiencias de aprendizaje.
Cómo es esa confrontación depende en gran medida del trastorno de ansiedad en cuestión y de la situación individual. En el caso de la ansiedad social, por ejemplo, se trata de situaciones diferentes a las de una fobia específica o un trastorno de pánico. Por eso, los ejercicios de exposición no deben entenderse como una invitación general a exponerte lo antes posible a lo que más miedo te da. Se preparan y diseñan de forma individualizada en el marco terapéutico. Al fin y al cabo, el objetivo no es dejar de sentir miedo para siempre. Más bien se trata de que el miedo deje de controlarte, para que puedas volver a tomar decisiones basadas más en lo que te importa y menos en lo que puedes evitar.
3. El papel que pueden desempeñar los medicamentos
Además de la psicoterapia, en los trastornos de ansiedad también se puede recurrir a la medicación. Que sea adecuada depende, entre otras cosas, del tipo y la gravedad de los síntomas, de posibles enfermedades concomitantes y de las circunstancias personales. Entre los medicamentos que se utilizan para tratar diversos trastornos de ansiedad se encuentran ciertos antidepresivos, en particular los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y, en algunos casos, los inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina (IRSN). Aunque se denominan antidepresivos, también se utilizan para tratar ciertos trastornos de ansiedad. Por lo general, su efecto no es inmediato. Puede pasar algún tiempo hasta que se note una mejoría. También hay que tener en cuenta los posibles efectos secundarios e interacciones. Por eso, la elección, la dosis y la duración del tratamiento farmacológico deben quedar en manos de un médico.
Los tranquilizantes del grupo de las benzodiazepinas pueden reducir la ansiedad a corto plazo, pero son problemáticos para un tratamiento a largo plazo, entre otras cosas por su potencial de dependencia. Por eso mismo, nunca debes empezar, cambiar ni dejar de tomar medicamentos contra la ansiedad por tu cuenta. No hay una respuesta general a si es mejor la psicoterapia sola o combinada con medicamentos. El tratamiento debería orientarse más bien a la enfermedad concreta y a las necesidades de la persona afectada.
4. Qué puedes hacer tú mismo para ayudarte
También fuera de una terapia hay formas de ayudarte a lidiar con la ansiedad. No sustituyen al tratamiento profesional en caso de un trastorno de ansiedad que requiera tratamiento, pero pueden ayudar a reducir la tensión física y a hacer que tu día a día sea más estable. El ejercicio físico regular, por ejemplo, puede servir de contrapeso a los periodos prolongados de tensión interior. También es importante dormir lo suficiente y mantener una rutina diaria lo más regular posible, ya que el cansancio y la falta de sueño pueden hacer que las situaciones estresantes se perciban con mayor intensidad. Los ejercicios de relajación y respiración también pueden ser útiles. No se trata tanto de reprimir inmediatamente cada miedo que surja, sino más bien de que estos métodos te ayuden a percibir la tensión física de forma más consciente y a desarrollar una forma más tranquila de lidiar con ella. El intercambio con otras personas también puede aliviar la tensión. Los grupos de autoayuda, por ejemplo, ofrecen la oportunidad de compartir experiencias con gente que conoce miedos similares. Al mismo tiempo, puede ser útil informar a tus seres queridos sobre qué te ayuda en situaciones estresantes y qué es lo que, por el contrario, contribuye a reforzar aún más la evitación.
¿Cuándo deberías buscar ayuda profesional si tienes miedo?
No hace falta que la ansiedad se vuelva insoportable para que tenga sentido buscar ayuda. Una señal importante es, más bien, cuando los miedos persisten durante mucho tiempo, ocupan cada vez más espacio o hacen que tu día a día gire cada vez más en torno a ellos. Cuanto antes se detecten estos patrones, antes se podrán contrarrestar de forma específica.
1. Cuando la ansiedad limita cada vez más tu vida
Muchas personas intentan al principio lidiar solas con su ansiedad. Esto suele funcionar bien cuando se trata de ansiedades pasajeras. La cosa se complica cuando tu comportamiento va cambiando poco a poco: empiezas a evitar ciertos lugares, a rechazar invitaciones o a afrontar situaciones cotidianas solo con mucha tensión. Las preocupaciones persistentes también pueden resultar agobiantes, incluso si no se producen ataques de pánico pronunciados. Si los pensamientos sobre posibles peligros no te dan tregua, el sueño se ve afectado o te cuesta cada vez más concentrarte en otras cosas, hay que tomárselo en serio.
2. Dónde pueden encontrar ayuda las personas afectadas
Un primer punto de contacto puede ser la consulta de tu médico de cabecera. Allí puedes hablar de tus molestias y aclarar posibles causas físicas. Dependiendo de la situación, luego se te puede recomendar un tratamiento adicional o más pruebas diagnósticas.
Una consulta de psicoterapia también te ofrece la oportunidad de analizar mejor tus síntomas. Juntos se analizan qué miedos tienes, desde cuándo los tienes y en qué medida afectan a tu día a día. A partir de ahí, se puede determinar qué tipo de apoyo adicional podría ser útil.
En caso de síntomas graves o complejos, los especialistas en psiquiatría y psicoterapia, así como las consultas externas o clínicas especializadas, también pueden ser puntos de contacto importantes.
Dar el paso de buscar ayuda no significa que la ansiedad tenga que haber alcanzado ya un nivel concreto. Si notas que las preocupaciones, el pánico o la evitación te están restando cada vez más calidad de vida, puedes pedir consejo incluso si aún no tienes claro qué es exactamente lo que hay detrás de esos síntomas. Al fin y al cabo, lo importante no es aguantar el miedo por tu cuenta el mayor tiempo posible. El objetivo del tratamiento es, más bien, recuperar más libertad en tu día a día, para que no sea el miedo el que decida a qué sitios vas, con quién te ves o qué decisiones tomas sobre tu propia vida.












